La ovación

Isco y Zidane

El fútbol tiene demasiados ojos. Isco tuvo que volver a decidir si levantaba la casa

Volver

12/10/2017

Isco y Zidane

Fuente: realmadrid.com

La pelota busca socios. Los elige desde niños. En la calle, en el patio de la escuela, incluso, en el salón de la casa. Hay jugadores que lo son antes de que ellos mismos lo puedan imaginar. Para el socio de la pelota su relación con ella es natural. No sabe cómo se produce ni hacia dónde lo va a llevar esa amistad, esa necesidad de manejarla, de cuidarla. Impresiona a los demás, no al niño. Lo que considera normal, no le suele sorprender. Es así. Son los otros los que descubren algo extraordinario en esa simbiosis y los que, por jerarquía, llevan al crio a un camino que él solo entiende mucho después.

Isco es un jugador que, desde niño, fue socio de la pelota. La pelota se fijó en él y él entendía que aquello era natural. Jamás pensó que tenía un don especial. Nada que lo hiciera diferente a sus amigos. Jugaba con todos, donde todos, pero hacia cosas que solo podían hacer Isco y la pelota. Eran repentes, actos reflejos, no pensados. Cosas inexplicables. Se producía la situación e Isco y el balón pensaban lo mismo y ocurría lo increíble. Algo extraordinario para un niño de corta edad, en un campo de juegos infantiles y de competiciones embrionarias.

Allí empezaron, los mayores, a calibrar las cosas distintas que hacía, como un gesto natural, aquel chiquillo. Luego la vida lo fue llevando y con la normalidad que acudía a clase, comía o jugaba con sus compañeros, fue creciendo como futbolista y le dijeron que aquella sociedad necesitaba papeles para ser reconocida y efectiva. Las cosas del adolescente futbolista cambiaron y comprendió que debía decidir. Se decidió por la pelota. Pasó de divertimentos infantiles a pareja de hecho  y luego a matrimonio a la antigua, para toda la vida. Isco aceptó el balón y el fútbol como sacramento y aquello terminó imprimiendo carácter. El futbolista tira de esa obligación formal cuando tiene baches, como todas las parejas, en su relación con la pelota.

Salió de Málaga y volvió a Málaga. Era allí, en un ambiente confortable, donde se daban las condiciones para que aquella sociedad de la infancia creciera y se hiciera fuerte. Jugaba y era feliz. Estaba en casa. De la felicidad nacen obras brillantes y eso deslumbró. En complicidad con la pelota hizo prestidigitación, magia, ilusionismo. Aquellos números de ilusionismo fueron determinantes. La Bombonera malagueña se frotaba los ojos. Un genio boqueron. El alma de Juanito flotaba allí.

El fútbol tiene demasiados ojos. Isco tuvo que volver a decidir si levantaba la casa. Fue la pelota la que más tiró. Quería, conociendo a su socio, que se proyectara en los grandes escenarios. Tuvo un pie en Inglaterra. Su exentrenador, lo quería allí. Pellegrini sabía que con aquel violinista y su pelota, cerraría una gran orquesta. Sin embargo tras un periodo de zozobras, de mirar mucho los ojos del balón y escuchar las intensas respiraciones circundantes, se vino a Madrid.

Camino de rosas, camino de espinas. Gran escenario, gran reparto de actores, grandes elencos siempre. Era el momento de saber si había en el alma de Isco un grandísimo actor, que se supera con el papel más exigente, o estábamos solo ante un excelente actor de reparto, de un secundario maravilloso…y en esto llegó Zidane.

Isco no estaba acostumbrado al banquillo. De Málaga llegó una estrella enorme pero había puesto el pie en un club de iguales. Era el momento de empezar a escribir de nuevo la propia historia. Tenía que convencer a la pelota para que lo apoyara más que nunca. El camino fue durísimo y el niño que aprendió a jugar, jugando, tuvo a aprender a jugar, sufriendo. Tenía que ganar cada minuto a pulso. Hubo dudas, momentos de frio y tentaciones de buscar climas templados, donde ser titular fuera más barato.

Ahí se dieron cita los astros. No los del firmamento: Isco y Zidane. Hablaron, se escucharon, analizaron y, mirando a cuatro ojos, decidieron que Isco sería lo que ahora es. Una maravilla nacional que maravilla al mundo. Isco y la pelota ni se miran pero se saben en cada gesto, una milésima antes de cada gesto, saben lo que va a pasar y pasa. El violinista mágico la lleva, la enseña, la esconde, la recupera si la pierde.

Isco sabe que jugar sin haber cedido a las tentaciones de lo más fácil, es un título al que solo pueden aspirar los que aceptaron el reto y pasaron por encima de él. Los mejores. Ahora Isco y Zidane se miran y disfrutan. Se parecen tanto…

 

Artículos relacionados