La ovación

Cuando la hora de la retirada nos susurra el adiós

Dejar el deporte, dar el salto hacia un abismo del que todos hablan y que nos asusta tanto, no debe de ser fácil

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01/12/2017

Cuando la hora de la retirada nos susurra el adiós

“Ufffff, 17 años ya. Cuánto tiempo y anécdotas. ¿Recuerdas cuando…? ¿Y aquella vez que…? ¿Y, jajaja, también al…?”

– > Esta es su vida. La suya como jugador.

“¿Cómo? ¿Qué si me compensan los dolores que siento cada mañana, las lesiones que me gotean, plic, plac, plic, plac, como si mi cuerpo fuera una tubería recia y dura como el diamante en su momento, aunque ahora un tanto desgastada? Con el brillo de los buenos tiempos todavía dando guerra en algunos tramos, pero comenzando a girar hacia el mate y que nota cómo resbala despacito el agua por los pequeños desajustes en las abrazaderas”.

-> Qué bien habla, de verdad.

“Pero, mira, que no, que no lo quiero dejar, que no es el momento: Esta es mi vida, te vuelvo a decir”

-> Y tiene razón. Es su vida. Aunque, quizás la frase no sea correcta del todo. Es su vida… o forma parte de su vida.

Posiblemente, durante tantos años ha significado mucho y ocupado un % muy elevado del tiempo, dedicación, esfuerzo, ilusión, deseo, pasión que movían como persona a esta maquinaria que termina componiendo un ser humano. Sin embargo, en nuestra naturaleza está el desgaste y en nuestro fundamento como individuo el seguir hacia delante, con todo lo que conlleva. Y seguir adelante es afrontar las transiciones, que es de lo se trata. Llegamos a la transición, al momento del cambio.

Dejar el deporte, dar el salto hacia un abismo del que todos hablan y que nos asusta tanto no debe de ser fácil. Alguno, al que le ha resultado más sencillo por múltiples razones (burnout, “obligación” por no saber o querer contradecir al entorno, hartazgo, otros intereses que cobran fuerza…), podrá opinar que sí. Y estaré de acuerdo, pero, también con el que lo ve como un cristal opaco que ha caído, de repente, delante de su cara.

Nos encontramos con que, no por nuestra voluntad, hay que apartarse de un camino conocido, muy, muy conocido, el nuestro, el que hemos recorrido no sólo con nuestros zapatos o zapatillas, sino con la ilusión y la pasión, una calzada en cada pie. ¿Quién se relame ante algo así?

Y es que, a pesar de todas las secuelas que nos ha dejado, no tenemos ninguna gana de dejarlo (o sí, pero, qué vértigo, ¿no?)

Sobre todo, sentimos un vacío ante lo que vendrá después. El sentimiento de pérdida (la competición, vivir cerca de nuestro límite mental y físico, ser reconocido, saber que lo que haces no puede alcanzarlo cualquiera y perteneces – de alguna manera – a un grupo reducido de humanos capaz de hacer lo que haces, sea lo que sea) acompañado por el de adentrarse en territorio desconocido (como cuando Sam Sagaz le recuerda a Frodo, en El Señor de los Anillos I, que, dando el siguiente paso, se encontrarán lo más lejos que han estado en toda su vida de su casa)

Y todos esos momentos que no se van a repetir.

Una puerta se cierra y nunca más la catarás. Ni abierta ni sin llave. Clausurada sin solución. Y es que nos encontramos en transición. Lo que fue, ya no es.

Y llega el momento en que o él te deja a ti o tú le dejas a él. Y una pregunta rebusca una respuesta ¿Ha sido pronto, tarde o cuando debió ser?

(Continuará).

 

Manuel Aguilar

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