La ovación

“Talentos para el deporte: Escuchar y comunicar” por Manuel Aguilar

¿Talento para vivir?, ¿y eso cómo es?

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29/09/2017

“Talentos para el deporte: Escuchar y comunicar” por Manuel Aguilar

“Hay que tener talento para vivir“, me decía mi buena vecina la señora Victoria, primero amiga y, a la sazón, portera de la casa de al lado. “Cuando la gente no tiene talento para vivir, se mete en demasiados problemas“, concluía. Y, así, como un Graham Greene moderno, sentenciaba una conversación que había de darle trabajo a mi cabeza durante un buen rato. ¿Talento para vivir?, ¿y eso cómo es?

Tal que si tuviera imán, encontré dos pequeños anuncios en la atestada cristalera de la parada del autobús. Ambos hablaban de vivir y de utilizar nuestros talentos, pero ninguno de ellos unía los dos conceptos en una sola frase. Me llamó la atención esta separación, pues yo daba por supuesto que, ya que se aludía al tema, talento y vivir eran dos elementos que iban de la mano o poco le iba a durar a uno el viaje.

Pues, no. Chasco.

“Mientras no tengas el depósito de la gasolina a cero y des el último estirón de la pata de palo, seguro que algo aprendes que te sirva para vivir. Pero no creas que eso pasa tanto, nah. La gente habla y habla; oye, pero no escucha, y sin pegar la oreja, no, no, poco se aprende” Me decía en otro momento.

Bueno, tomo nota: Pegar la oreja y escuchar con atención (y, eso, ¿no es lo que hacemos cuando hablamos?, o, ¿cómo funciona el tema?

Curiosamente, esa misma tarde tuve la ocasión de presenciar una situación en la que la señora Victoria estaba muy presente, al menos, en esencia. Parece una nimiedad, pero es algo que suele darse con cierta frecuencia, en cualquier contexto:

– Un hombre de edad indefinida intentaba explicar a un joven cómo ir a una calle en la que encontraría ciertos productos más baratos y sería tratado mejor, en comparación a lo que le iban a ofrecer en una tienda que se encontraba más cerca. El muchacho, habiéndole preguntado, miraba al señor con aire de lo que me pareció suficiencia y bastante despistado. Al terminar el hombre mayor, el joven le dijo, “oiga, al final no me ha contestado lo que le he preguntado“. La cara de sorpresa y cierto disgusto del caballero se hizo patente, pues, y doy fe, no sólo le había contestado exactamente, sino que había ampliado la respuesta con datos útiles y una actitud muy amable. Cuando le dijo al muchacho “si no me ibas a escuchar, lo mejor es que no me hubieras preguntado“, la indignación cambió de bando y la cara de sorpresa y disgusto que éste puso igualó a la que había recibido previamente. Estaba totalmente convencido de que no era así. Dos personas, una situación, dos puntos de vista, discusión o incomprensión.-

Parece una anécdota escasa, menuda, pero muchos de nuestros desencuentros diarios se producen en contextos no mucho más imponentes, si nos fijamos un poco.

En el deporte, esta es una situación frecuente y que causa más problemas de los que se podría pensar, tanto a entrenadores, como al resto de personas implicadas en su práctica. En un mundo de resultados y rendimiento, es clave. Porque, comunicar es imprescindible y no comunicar, imposible. Incluso, sin decir o hacer nada ya lo hacemos, enviamos un mensaje. Y, cuando hablamos, también y mucho.

Ahora, quizás nos olvidamos de que siendo importante lo que uno dice, lo que es clave es lo que el otro entiende y, al mismo tiempo, los matices que le dan color a eso que  entiende (al ser una comunicación bidireccional, igual se puede decir de la otra persona)

La situación que observé, podría haberse controlad con un poco de paciencia (quizás, siendo conscientes de que, en ese momento, estamos tan cargados internamente, que, si no ponemos de nuestra parte, va a resultar complicada la comunicación, haga lo que haga la otra persona), ganas de repetir e interés por el otro y lo que está entendiendo. Pero no fue así.

Estamos mediatizados por nuestros filtros y manera de ver el mundo, sin duda, así como influidos por nuestros estados emocionales, provenientes de aquellos. Y el deporte no es una excepción.

Sigamos con el ejemplo e imaginemos situaciones del día a día deportivo.

No escuchar implicaba, por lo tanto, no ponerse en el lugar del otro, poniéndole en situación defensiva, lo que vino a adherirse a todo lo demás que ambos cargaban, fuera lo que fuera. Lo importante, opino, es que la falta de sintonía producida entre ellos en el encuentro impidió lo que de verdad importaba, avanzar hacia una solución u objetivo.

No dudemos. Somos capaces. Es una de nuestras claves como especie. Se trata de algo que no evita que carguemos con nuestra maleta de distractores internos, pero sí ayuda a gestionar correctamente los encuentros y la comunicación.

No menos importante es tener en cuenta que estas situaciones, de relativa importancia entre desconocidos que se encuentran casualmente, si se producen con cierta frecuencia entre conocidos, compañeros o en entre diferentes niveles jerárquicos (como puede ser entrenador-jugador, director deportivo-directiva, entrenador-directiva…) se podrían convertir en la forma de relacionarse. Si no me siento escuchado, además de ofenderme, lo más posible es que me crea justificado para no escuchar yo y, a partir de ahí, problemas mil. Así, Escuchar al otro queda casi descartado. Se pretende que te escuchen a ti a toda costa, un tour de force en el que hay que ganar el pulso como sea.

Entiendo que decir que “hay que escuchar al otro” suena simplista. Por supuesto que es algo que todos sabemos. Sin embargo, quizás no seamos tan conscientes de lo que significa, lo que hace que este acto sea tan potente e importante:

  • Significa tratar de comprender su visión del mundo en vez de tratar de imponerle la nuestra en cuanto podamos “meter baza” en la “conversación”. Cada persona mira el mundo a través de un filtro especial, el que hemos construido durante nuestra vida y que está compuesto de valores, creencias, miedos, ideas, experiencias, recuerdos, etc. que le convierten en único. Y eso lo capta la otra persona y la suele predisponer a actuar en concordancia a nuestro comportamiento.
  • Intentar escuchar al otro significa respetarle, que sea consciente de cómo intentamos ponernos en su lugar, recibir y comprender esa visión del mundo que sólo él puede tener, nadie más. No se dice, pero es algo que está implícito en la comunicación cuando se realiza desde esa pauta de respeto. Se está honrando al otro, se le comunica que es importante, lo que convierte el acto de comunicarse en algo que adquiere su máxima expresión. Y eso lo capta la otra persona y, de nuevo, la suele predisponer a tratarnos de x manera.
  • No quiere decir que haya que estar de acuerdo, sino algo más importante, querer entender sin juzgar, a priori, con la máxima apertura a percibir opciones y recibir información. Y, por 3ª y última vez, eso lo capta la otra persona y la suele predisponer (3 predisposiciones, ya) a favor de la conversación constructiva.

Lo ideal (al menos, a lo que habría que aspirar):

  • Antes de escuchar al otro, revisemos nuestros estados emocionales internos (primero, hay que aprender a reconocerlos y controlarlos. Calmado, acelerado, despistado, receptivo…) Seamos sinceros con nosotros mismos al respecto.
  • Intentemos despejar el balón de lo que cargamos en nuestra mente y nos impide estar en la conversación plenamente. No es posible evitar el parloteo mental, pero, sí que pase a un segundo plano atencional. Lo hacemos continuamente.
  • Esforcémonos por reconocer nuestros prejuicios y dejarlos esperando en la puerta hasta que terminemos la conversación, para que podamos estar atentos a lo que nos tienen que contar en vez de hacer llegar al otro lo que es nuestra versión del asunto (¿qué asunto? Si no hacemos lo anterior, no conocemos “el asunto”);
  • Olvidemos, en lo posible, culpabilizar o ser culpabilizado (no aporta nada, excepto acusaciones, ni ayuda a avanzar hacia soluciones, sino que nos bloquea en el pasado, lo que se hizo, en vez de empujar hacia el futuro, lo que se va a hacer a partir de lo que sucede) dejando espacio a la responsabilidad (qué ha pasado, quién puede o debe modificar algo y que lo haga) Avancemos hacia soluciones.

Al final, si nos fijamos bien, como en tantas cosas, se trata de un auténtico acto de voluntad y autogestión, a pesar de todos los pesares y cargas con las que convivamos.

Y, lo mejor, es que, como las habilidades psicológicas (motivación, atención, gestión de las emociones, nivel de activación, autoconfianza, etc…), no es algo inmodificable, una habilidad comunicativa que viene de fábrica y ya, sino que se puede entrenar y mejorar para ayudarnos a vivir mejor.

Al fin y al cabo, se trata de eso, ¿no?

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Manuel Aguilar Marchal. “Psicólogo del deporte”

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